3 días de Ruta Romántica por Baviera

La Ruta Romántica tiene una extensión de 295 kilómetros, y por lo general se considera a Würzburg en un extremo de la ruta, y Füssen en el otro. Pueblos con encanto entre uno y otro los hay a docenas, y entre los más destacados podemos mencionar al menos a 15, por lo que la elección resulta realmente difícil. Nosotros al final nos quedamos con Füssen, Dinkelsbühl y Rothenburg ob der Tauber. Y, aunque ya no está considerado como parte de la Ruta Romántica, también visitamos Bamberg, otro pueblo que nos encantó.


La ruta que hicimos es la siguiente y nos tomó tres días con coche de alquiler.


DÍA 1: MÚNICH-BERCHTESGADEN-MÚNICH


Nos dirigimos desde Múnich hacia los Alpes del sur, junto a la frontera con Austria, a través de la autobahn A8. Esta red de autopistas fue mandada construir por Hitler y su idea era unir más al pueblo alemán, y hacerlo sentir orgulloso de su país; por eso, algunas autobahnes como la A8 que va de Múnich a Salzburgo hace unos giros un poco extraños para pasar por unos paisajes espectaculares, pero que a la vez son poco prácticos para el tráfico pesado.



Primero nos dirigimos al Parque Nacional Berchtesgaden declarado Reserva de la biósfera por la UNESCO en 1990. Sus 210 kilómetros cuadrados de agua y vegetación son coronados por numerosas montañas, entre ellas la Watzmann, la segunda más alta de toda Alemania.


Las rutas de senderismo son las principales atracciones de Berchtesgaden pero no las únicas. Cuenta con un pintoresco pueblo homónimo así como de bellas iglesias en las afueras, tal como Maria Gern, una iglesia de gran importancia durante los peregrinajes alrededor del 1600.


La belleza de este lugar atrajo también a otras personalidades como Adolf Hitler y su séquito, quienes eligieron este pueblo como escenario de toma de decisiones políticas y militares durante el Tercer Reich. Hitler incluso pasó más tiempo aquí que en la cancillería de Berlín. Se construyó una casa (hoy totalmente en ruinas) en Obersalzberg, una colina sobre Berchtesgaden.


Otro lugar histórico que visitar en esta localidad es lo que se conoce como el “Nido del águila”, o el Kehlsteinhaus, que es otra casa que tuvo Hitler en lo alto de los Alpes.


Esta casa fue un regalo del partido nazi al Führer por sus 50 años de vida, aunque éste pocas veces estuvo en este lugar ya que se dice sufría de vértigo. Las vistas son sorprendentes desde lo alto si el día está claro y se puede llegar a ver Salzburgo, Austria.


Antaño a este sitio solo subían los más allegados a Hitler, ahora por 16,10€ por persona sube cualquiera.


La visita puede resultar un poco decepcionante si vienes en búsqueda de historia. No podrás subir hasta el Nido del águila en tu propio coche, por lo que tienes que hacer unos 20 minutos de cola para comprar un billete del autobús que sube la montaña. Al llegar arriba, tendrás que hacer otros 20 minutos de cola para avisar a qué hora quieres bajar. Así es, el sistema es un poco raro, uno no sabe ni lo que va a ver arriba y ya tiene que decidir cuánto tiempo se quedará ahí. Nosotros elegimos estar arriba una hora sin saber si sería muchísimo tiempo o si al contrario, sería nada. Al final una hora resultó estar bien.


Después de haber avisado a qué hora vas a bajar se llega al famoso túnel que es el acceso al ascensor, el mismo que utilizaba Hitler para subir por la montaña.

Arriba no hay mucho que ver. Todo el chalet se ha reconvertido en un lujoso restaurante y las mesas de plástico de Pepsi que hay afuera en la terraza dificultan imaginarse a Hitler tomando importantes decisiones para el futuro del Reich en este lugar.


Afortunadamente Berchtesgaden tiene muchas otras cosas que ver, como el lago Königssee, de origen glacial, y su hermosa iglesia de postal St. Bartholomä.


Esta iglesia de 1134 fue fundada por el príncipe Provosts de Berchtesgaden. Los techos en forma de cúpula son de 1697.


La manera de llegar a esta iglesia es tomando un barco desde el pueblo de Berchtesgaden (13,90€ por persona). El recorrido dura poco más de una hora y resulta evocador ver esas escarpadas paredes de montañas a ambos lados del lago.


Es en este lago donde la realeza bávara y a Eva Braun, amante de Hitler, le gustaba pasar sus días de descanso.


Ya que estás por aquí, no puedes perderte recorrer las calles de Berchtesgaden, un pequeño pueblo con mucho encanto romántico.


La historia de este pequeño pueblo se remonta al año 1102, cuando su importancia estribaba en la riqueza de sus minas de sal (las más abundantes de todo el sur de Alemania e incluso, hay que recordar que el nombre de la vecina Salzburgo, a tan solo 30 kilómetros y ya en Austria, proviene de “sal” en alemán: saltz).


Berchtesgaden cambió de manos continuamente durante las guerras napoleónicas y Salzburgo siempre mostró un interés en ella. No obstante, en 1810 queda finalmente bajo control bávaro. A partir de aquí la realeza bávara visita este pueblo y el lago Königssee.


Además del Nido del águila son pocas las edificaciones nacionalsocialistas que todavía siguen en pie. Las casas de Hitler, Göring, Speer y Bornmann fueron todas demolidas. Según se dice debajo de la estación de tren todavía se conservan búnkeres y túneles.


Schlossplatz es una plaza que resalta por su bella galería porticada.


En esta plaza se encuentra la Stiftskirche, una iglesia construida por los monjes agustinos en 1283.


A un lado de la iglesia, de color rosa, se encuentra el Castillo Real, de origen medieval. El príncipe bávaro Rupprecht habitó este castillo, o palacio mejor dicho, con su familia de 1922 a 1933. Hoy en día el edificio alberga un museo que expone armas de caza, trofeos, así como muebles y pinturas de la zona.


Pasando por debajo de los soportales se llega a Marktplatz y a la hospedería Neuhaus Inn, la antigua taberna de la abadía y a una fuente de 1677.


Merece la pena recorrer las calles de este pueblo y cenar en alguna de sus múltiples terrazas, ya que la calidad de su comida y cerveza es innegable.


DÍA 2: FÜSSEN-DINKELSBÜHL-ROTHENBURG OB DER TAUBER

A 131 kilómetros al sudeste de Múnich se encuentra Füssen, nuestra primera parada y lugar donde se encuentra el famoso castillo Neuschwanstein.


Este hermoso castillo no es la única atracción que hay en Füssen. También está el castillo Hohenschwangau, que aunque no suele ser igual de valorado por las masas de turistas que visitan este lugar también cuenta con su historia.


Y además de estos dos castillos se encuentra el museo de los reyes bávaros.


Hay diversas modalidades de billetes de entrada dependiendo de lo que se quiera visitar. Y cada modalidad tiene su precio. A nosotros nos interesaba visitar los 2 castillos (sin el museo). El coste de esta entrada es de 25€ por persona.


Te recomendamos que reserves tus billetes con antelación por Internet, ya que debes considerar que estos castillos son una de las principales atracciones turísticas de Alemania, por lo que en todo el año hay grandes colas de turistas.


Nosotros llegamos con una hora de antelación a recoger nuestros billetes (ya los habíamos reservado) y a pesar de eso casi perdíamos el tour por la gran cantidad de gente que viene a los castillos.


El primer castillo que visitamos fue el Hohenschwangau (el amarillo). Aunque por fuera pudiera no parecer tan impresionante como el otro, la verdad es que guarda entre sus paredes una larga historia que se puede remontar hasta el siglo XII, cuando era hogar de los Caballeros Schwangau, y así hasta el siglo XVI, cuando la fortaleza fue cambiando de manos hasta quedar en un estado ruinoso y olvidado.


En el siglo XVIII el rey Maximiliano II de Baviera, fascinado por la naturaleza del lugar y la mística de los Caballeros Schwangau, decidió recuperar la fortaleza y reconstruirla en forma de castillo neogótico, que es el que vemos hoy en día.


Por dentro las habitaciones están ricamente adornadas con pinturas y gustos que tenían los reyes. Por ejemplo, no te dejará indiferente el cuarto “oriental”, que era el dormitorio de la reina María. Inspirado en los viajes que hacía Maximiliano II a Turquía y Grecia, esta habitación está decorada con fuertes rojos y dorados, que hacen que te imagines que estés más en una habitación de algún cuento de las Mil y una noches que en las gélidas montañas bávaras.


Otra de las curiosidades del castillo es que tiene un piano que fue tocado por Wagner, músico bávaro admirado por líderes políticos como Maximiliano II y Hitler, y compositor de piezas como Las Valkirias y Lohengring WWV 75 (la canción típica de las bodas). Aunque no se sabe si Wagner llegó a pasar alguna noche en este castillo, sí se sabe que lo visitó en repetidas ocasiones.


Hay una habitación que era donde la reina María de Prusia solía inspirarse para escribir. Y era difícil no inspirarse con las vistas al lago y montañas que tenía.


Una vez concluida la visita, no olvides pasarte por la tienda de recuerdos ya que a un lado de ésta (en frente de la entrada al castillo) estaban las antiguas cocinas. Tiene maniquíes de tamaño natural y resulta interesante ver cómo eran dichas habitaciones.


Después de la visita al primer castillo pasamos a ver el famoso castillo de Neuschwanstein.


Este castillo de “cuento de hadas” fue mandado construir por Luis II en 1869. Luis era hijo del rey Maximiliano II, quien había mandado reconstruir el castillo de Hohenschwangau. Luis II era un fanático de los cuentos medievales y de los paisajes creados en las obras de Wagner. De ahí que siempre tuviera gran pasión por mundo fantástico medieval.


La primera parte en terminarse del castillo fue la Puerta fortificada (acabada en 1873), lugar donde el rey vivió durante años.


Adentrarse al castillo es adentrarse a la mente de fantasía que tenía Luis II. Sus paredes están adornadas con murales de historias de amor, culpa, penitencia y salvación, reyes y caballeros, poetas y parejas de amantes. Todas ellas inspiradas en las mismas sagas medievales que inspirarían a su amigo y compositor Wagner.


Y aunque el castillo busca evocar todo lo medieval de manera romántica, la verdad es que contaba con diversas comodidades modernas para la época, como calefacción central, agua corriente fría y caliente, teléfono y hasta inodoros con desagüe automático.


Desde las terrazas de Neuschwanstein se observan unas preciosas vistas.


Y para obtener unas vistas maravillosas del castillo te recomendamos que te dirijas caminando (o en coche de caballos) hacia el puente de Marienbrücke, lugar desde donde un soñador Luis II veía cómo su castillo de fantasía se iba haciendo realidad. La caminata son unos 30 minutos de subida, pero la panorámica merece la pena:


Los castillos están a las afueras del pueblo de Füssen, que a juzgar por sus murallas se veía bastante bonito para visitar. La cuestión era que nosotros teníamos que volver a la carretera para dirigirnos a otro pueblo de la ruta: Dinkelsbühl.


Después de un par de horas hacia el norte llegamos a Dinkelsbühl. En el exterior de sus murallas algunas de sus 18 torres se asomaban por atrás.


Murallas y torres quedaron intactas, ya que durante las principales guerras no se utilizaron. Antigua residencia de los reyes carolingios en el siglo VIII. Dinkelsbühl se vio salvada de su aniquilación en la Guerra de los Treinta Años gracias a sus niños. Cuando el ejército sueco sitió la ciudad en el siglo XVII una pequeña niña se dio cuenta y fue a la búsqueda de todos los niños del pueblo que fueron a rogarle al general sueco que los dejara en paz. El sueco, acabando de perder a un hijo, ordenó que no se le hiciera ni un rasguño a la ciudad (aunque esto no evitó que la tomara). Este evento se celebra todos los veranos bajo la festividad kinderzeche.


Con la Paz de Westfalia que pone fin a la Guerra de los treinta años, Dinkelsbühl queda como una de esas pocas ciudades germanas que tienen un gobierno mixto: católico y protestante. En 1802 este estatuto terminaría convirtiendo a la mayoría de sus ciudadanos en protestantes.


En las dos guerras mundiales milagrosamente este pueblo también se salvó de ser atacado, por lo que todo lo que se puede ver está intacto y es original. Aunque eso no quita para que todavía permanezcan algunas señales de la Segunda Guerra Mundial, como ésta que se encuentra en la Puerta de Segringer que regulaba la circulación de los tanques de guerra.


El pueblo es pequeño y puede verse en unas 2 ó 4 horas. Lo que hay que visitar es un par de iglesias. Pero definitivamente lo mejor es simplemente dejarse llevar por sus callejuelas e irlo descubriendo.



Uno de lo lugares que se pueden visitar es Münster St. Georg, una antigua iglesia de finales del siglo XV de estilo gótico tardío.


Y aunque por fuera se ve bastante sobria, te recomendamos que te adentres a la iglesia, ya que por dentro es imponente a la vez que majestuosa, y además es donde se nota más el estilo gótico.


Por 1,50€ y 222 escalones se puede subir al campanario, donde se obtienen bonitas vistas del pueblo.


En frente de la iglesia se encuentra St. Pauls, de mucho menor tamaño fundada en 1290 como monasterio carmelita.


Caminando por las calles medievales de Dinkelsbühl se encuentran rincones escondidos de singular belleza.


Un buen sitio para cenar o alojarse es el hotel Flair Hotel Weisses Ross, detrás del Ayuntamiento nuevo.


Aún así decidimos coger el coche y dirigirnos hacia Rothenburg ob der Tauber. Este otro pueblo está tan solo a 40 km. No obstante llegamos ahí de noche así que nos fuimos directos a nuestro hotel Gästehaus Raidel (habitación doble con baño privado 69€).


Este hotel está regentado por un amable señor que recibió esta propiedad como herencia de sus padres. El edificio tiene más de 600 años de antigüedad y es realmente acogedor y céntrico.



DÍA 3: ROTHENBURG OB DER TAUBER-BAMBERG-MÚNICH


Rothenburg es una pequeña gran ciudad que lo tiene todo. Fuertes murallas con 42 torres vigías, casas con entramados de madera y techos rojos a dos aguas, calles empedradas y ventanas con hermosas flores. Esto es Rothenburg ob der Tauber, o “el fuerte rojo sobre el río Tauber”. Durante siglos por sus angostas calles pasaron reyes, emperadores y peregrinos. Ahora pasan cientos de turistas. No obstante, ni una miríada de cámaras fotográficas ni decenas de tiendas de recuerdos para turistas logran acabar con la magia medieval que se respira en esta ciudad.


Rothenburg es uno de los pueblos con más historia y más antiguos de toda la Ruta Romántica. La ciudad fue fundada en el siglo X con la construcción de un castillo, aunque ya había asentamientos siglos atrás. Toda la línea de gobernantes originales del castillo murieron por lo que el castillo y las casas y terrenos colindantes a él pasaron a ser propiedad de los emperadores Hohenstaufen de Alemania, quienes en el siglo XII otorgaron a la ciudad el estatus oficial de villa.


La historia de este pequeño lugar es tortuosa y plagada de guerras. Rothenburg participó activamente en la Guerra de los campesinos, donde pobres pero armados campesinos y granjeros se unieron en una revuelta popular contra la aristocracia en 1524. Esta guerra tenía tintes económicos y religiosos, donde la mayoría campesina era protestante. Su sublevación fue fuertemente aplastada por la aristocracia quienes masacraron entre 100.000 y 300.000 trabajadores del campo. En la Markplatz se realizaron ejecuciones en masa.


Uno de los lugares más fotografiados de esta localidad es la famosa intersección de las calles Spitalbastei y Kobolzeller Steige.


Esta ciudad recuerda mucho a un cuento, incluso según escriben algunos Walt Disney se inspiró en Rothenburg para su película de Pinocho.


El Ayuntamiento, que está en Markplatz, es del siglo XIV. Por esta plaza pasaron alrededor de 30 emperadores entre 1274 y 1802.


Otro monumento interesante es la Jakobskirche, una iglesia del siglo XIV que según se dice tiene en su interior sangre de Cristo. Cuando nosotros fuimos estaba cerrada así que no lo pudimos comprobar.


Las murallas y torres de la ciudad se construyeron entre los siglos XIV y XV. Han servido para proteger Rothenburg a través de los siglos, aunque no han sido infranqueables, como fue en el caso de la Guerra de los Treinta años y, aunque por motivos de avances tecnológicos, durante la I y II Guerra Mundial.


Al llegar a las murallas nos encontramos con la iglesia Wolfgang incrustada. Se trata de una iglesia de 1475 fortificada y lista para la guerra. La iglesia cuenta con pasajes defensivos, saeteras y espacio para acomodar un cañón.


Es posible subir a las murallas y darle toda la vuelta a Rothenburg desde las alturas. Hay muy buenas vistas, pero tranquilamente puede tomar entre media hora y una hora recorrerlas por completo.


Además de sus murallas, Rothenburg está salpicada de magníficas torres de vigilancia.


La ciudad cuenta además con el museo del crimen medieval (5€). Este es el museo de torturas más grande de toda Europa. El museo no solo exhibe los ya conocidos instrumentos de tortura como sillas con pinchos, jaulas, etc., si no que también muestra otros curiosos y aterradores tipos de tortura de la época.























Una vez terminada la visita de Rothenburg dudábamos entre ir a Würzburg o Bamberg (aunque éste no figura oficialmente dentro de la Ruta romántica). Finalmente nos decantamos por este último, no por ninguna razón en particular, simplemente porque luego nos quedaba más cerca para regresar a Múnich.


Bamberg, ciudad patrimonio de la humanidad, fue mencionada por primera vez en el año 902. Fue fundada sobre 7 colinas por el emperador Enrique II cuando estaba construyendo un centro episcopal. Construyó 5 iglesias que formaban una cruz y marcarían el trazado de la ciudad.


A partir del siglo XIII los obispos de esta ciudad serían también príncipes del Sacro Imperio Romano Germánico. Los ciudadanos no estaban a gusto con este poder desmedido que tenían los obispos, por lo que en el siglo XVI hicieron una revuelta contra ellos pero fue suprimida.


Durante el siglo XVII hubo numerosos juicios contra “brujas”, donde cerca de 1.000 de Bamberg fueron asesinadas, especialmente entre 1626 y 1631.


En 1802 se llevó a cabo una secularización de las tierras de la iglesia. Bamberg, esta extraña ciudad-episcopado tenía un total de 3.305 kms. cuadrados y una población de 207.000 habitantes. La ciudad por lo tanto perdió este curioso estatus en 1802 y pasó a formar parte de Baviera.


Nuestro recorrido comienza con el gótico Alter Rathaus (Ayuntamiento) de Bamberg.


El Ayuntamiento, de 1462, es una obra de arte en sí misma con sus frescos al aire libre que muestran figuras de ángeles y hombres. Verás a muchos turistas intentando descubrir al pequeño querubín que tiene parte de su cuerpo pintada y parte salida de la pared a modo de pequeña escultura.


Según cuenta la leyenda sobre este edificio, el obispo de la ciudad, cauto ante la posibilidad de perder poder, no otorgó tierra alguna para que los habitantes pudieran construir un Ayuntamiento. ¿Cuál fue la solución? Construirlo entonces sobre las aguas del río que atraviesa la ciudad. De esta manera los habitantes fueron colocando estacas hasta formar el islote artificial que se ve hoy en día.


De aquí subimos a pie una de las 7 colinas para llegar a su cima a la imponente Bamberger Dom, es decir, la catedral, con sus 4 agujas románico-góticas apuntando hacia el cielo. La catedral fue mandada construir por el emperador Enrique II en el año 1002 e inaugurada en 1012. No obstante, esta iglesia ardió hasta sus cimientos, por lo que tuvieron que construir otra. Esta segunda iglesia también ardió por completo, por lo que se tuvo que construir una tercera en el año 1237, que es la que se puede ver en en la actualidad.


Dentro de la iglesia hay numerosas esculturas. Curiosamente la más famosa de todas es de la que no se sabe nada. Se trata del “Caballero de Bamberg”, una pequeña escultura de un hombre montando a caballo. Nadie sabe quién la esculpió ni a quién representa, aunque una de las teorías es que se trata del rey Stephan de Hungría, casado con Gisela, hermana del emperador Enrique II.


Otra de las curiosidades de esta iglesia es que alberga la tumba de un Papa, la única fuera de Italia. Se trata de Clemente II, quien anteriormente fuera el obispo de Bamberg. Este Papa, que falleció en Roma en el 1046, siempre había dejado claro su amor por Bamberg y su deseo que lo enterraran aquí.


A un lado de la catedral se encuentra uno de los edificios más evocadores de Bamberg, se trata de la Antigua Corte.


Este edificio comienza siendo el fuerte de Bamberg. En 1003 el emperador Enrique II construye aquí un palacio, el cual cede al obispado en 1007. Hoy en día esta construcción alberga el museo de historia de la ciudad.


Nos dirigimos para finalizar nuestra ruta a lo que se conoce como la pequeña Venecia. El lugar consiste en una serie de casas medievales apretadas unas con otras a orillas del río Regnitzarm. Era el antiguo barrio de los pescadores.

Este fue el momento de probar la famosa cerveza ahumada de Bamberg, muy recomendable, no tanto por su rico sabor si no más bien por la peculiaridad del mismo.


Con esto terminamos nuestro recorrido por los pueblos de Baviera, todavía nos faltaban 230 kilómetros que recorrer hasta Múnich y un coche que devolver esa misma noche.

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