Pamukkale: castillos de algodón y ruinas milenarias

El “castillo de algodón” (Pamukkale en turco) es una de las regiones naturales más increíbles del mundo gracias a sus terrazas de aguas termales. Se encuentra junto al yacimiento de Hierápolis, una de las ciudades más antiguas del país y que ha sufrido numerosos terremotos, ya que este lugar se asienta sobre una zona tectónica muy activa, por lo que su aspecto actual dista mucho de lo que tuvo que ser durante la Antigüedad. Aún así ambos lugares han sido declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 1998.


Hierápolis se convirtió en centro curativo al ser fundada en el año 190 a.C. por el rey Eumenes II de Pérgamo.


Los romanos adquirieron el control total de la misma en el 129 a.C. y la ciudad prosperó bajo sus nuevos gobernantes. Era una ciudad cosmopolita donde convivían anatolios, greco-macedonios, romanos y judíos. Las aguas termales atrajeron a multitud de personas para "tomar las aguas" pero también servían para desengrasar y teñir la lana.


Fue destruida por un terremoto durante el reinado de Tiberio en el año 17 pero la ciudad fue reconstruida, y tuvo significativas transformaciones en los siglos II y III que le hicieron perder todo su antiguo carácter helenístico para convertirse en una urbe típicamente romana.



Las virtudes terapéuticas de las aguas se explotaron en las diversas instalaciones térmicas que incluían inmensas cuencas termales y piscinas para nadar. La hidroterapia se acompañaba de prácticas religiosas, que se desarrollaron en relación con cultos locales.


En este período, la ciudad se convirtió en un importante centro de descanso veraniego para los nobles de todo el Imperio, que acudían a ella atraídos por las aguas termales. Posteriormente y bajo dominio bizantino, la ciudad cayó en poder de los selyúcidas en 1210 y fue destruida completamente por un terremoto en 1354.


La visita de todo el recinto merece al menos 2 ó 3 horas, nosotros no la pudimos hacer completa por falta de tiempo así que visitamos tan solo aquellos lugares que nos parecieron más interesantes.


El primer lugar que inspeccionamos fue el teatro romano, la construcción mejor conservada de todas.


Este teatro fue empezado probablemente bajo el reinado de Augusto, continuado por Adriano y terminado en el año 206 durante el gobierno del emperador Severo.


Tenía capacidad para unas 15.000 personas y las partes superiores de la scena, que mostraban escenas mitológicas grabadas en mármol, se han derrumbado. Contaba además con cinco grandes puertas esculpidas en mármol, tres en el centro y una a cada lado. Lo que sí se ha conservado es gran parte del escenario, algunos paneles decorativos y unos asientos reservados a las personalidades más relevantes en la primera fila.


Subiendo hacia la colina y atravesando un puente se llega hasta la supuesta tumba de San Felipe.


En agosto de 2011 un equipo de arqueólogos italianos aseguró haber encontrado aquí la tumba del apóstol Felipe, el que fuera uno de los discípulos de Jesús. Esto parece refrendado en una carta a San Víctor, escrita hacia 189-98, por el obispo Polícrates de Éfeso que menciona entre los grandes hombres a quienes el Señor buscará “el último día”, a “Felipe, uno de los Doce Apóstoles, que está enterrado en Hierápolis con sus dos hijas, que llegaron vírgenes a la vejez”, y una tercera hija, que “llevó una vida en el Espíritu Santo y descansa en Éfeso”.


A unos 40 metros y subiendo la colina por unas empinadas escaleras se llega hasta el Martirio de San Felipe, una curiosa iglesia octogonal construida a principios del siglo V sobre el supuesto lugar donde fue martirizado el apóstol Felipe. Según escribe San Isidoro, en el Libro de la vida, nacimiento y muerte de los Santos: "Felipe terminó su vida en Hierápolis, ciudad de la provincia de Frigia, muriendo apedreado y crucificado; allí descansan él y sus hijas".


La forma de este intrincado edificio octogonal hace referencia al número 8, que simboliza la eternidad. Los arcos de las ocho capillas, marcadas con cruces, tenían originariamente interiores heptagonales para alojar a los peregrinos, que venían por los poderes curativos que se asociaban a este lugar sagrado.


Bajamos de nuevo la colina para encontrar, de camino a los travertinos de Pamukkale, el ninfeo. Esta fuente data del siglo II d.C. Era un santuario de las ninfas y una fuente monumental que distribuía el agua a las casas de la ciudad a través de una ingeniosa red de tuberías. El ninfeo fue reparado en el siglo V, en época bizantina, y en la actualidad sólo pueden verse la pared del fondo y las dos paredes laterales. Los muros y los nichos de las paredes estaban decorados con estatuas y atributos de los dioses Selena, Júpiter, Juno, Artemisa y Apolo.


Y por fin llegamos a los travertinos de Pamukkale, al castillo de algodón, a ese lugar que tantísimas veces habíamos visto en fotografías.


Pamukkale es conocido internacionalmente por sus fuentes termales que desde época antigua han atraído a miles de personas, bien para admirar la belleza de estas formaciones o en busca de remedios para sus enfermedades.


La belleza de esta formación natural es obra de una fuente termal calcárea, creada a través del paso de los siglos por la acumulación de la cal gracias a la evaporación del gas carbónico. Las capas de cal tomaron formas indefinibles que en conjunto, forman un increíble espectáculo visual.



Para no destruir la superficie de calcita te obligan a meterte descalzo a las piscinas naturales, pero está prohibido bañarse. Lo que sí se puede hacer es bajar por las piscinas hasta casi el pueblo moderno en un recorrido de unos 30 minutos en el que hay que ir esquivando turistas.


Hay que tener cuidado para no resbalarse en ciertos tramos y es recomendable llevar una pequeña mochila para guardar los zapatos y llevar las manos libres por lo que pueda pasar. También hay que tener en cuenta la temperatura del agua, muy caliente en algunos tramos y fría en otros.


Se supone que el momento más bonito y espectacular para ver los travertinos de Pamukkale es al atardecer y aunque a nosotros nos tocó nublado la verdad es que este lugar nos impresionó igualmente.


A tener en cuenta:

Al llegar hay varias entradas al parque natural y al yacimiento (que están juntos), lo mejor es subir la colina en coche y entrar por el acceso sur, por Hierápolis. El parking es gratuito pero hay que comprar el ticket, que cuesta 35TRY (unos 9€), como ambos lugares están juntos la misma entrada sirve para los dos.

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